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La cima de mi vida: mi independencia


por Alma Almanza, Central Coast Center for Independent Living

foto de Alma Almanza
Alma Almanza, defensora de la comunidad Latina, Central Coast Center for Independent Living

A los seis años ya había planificado mi futuro. Quería ser estudiosa y disciplinada como mi tío Sergio y tener la fuerza y la fe de mi abuela para tener éxito en la vida. También quería lograr un diploma para ayudar a mi familia.
 
Como la mayor de mis siete hermanos, siempre tuve muchas responsabilidades. Esto me hizo ser persona responsable y me ayudó a dedicarme a mis objetivos. Al cumplir 16, mi padre trajo a mi familia a vivir a Estados Unidos. Tuve solamente dos años para aprender inglés y terminar la secundaria si deseaba estudiar medicina en Estados Unidos. En el semestre final de secundaria me di cuenta que tenía una seria malformación en las arterias y en la tercera vértebra de mi espina dorsal. Me iban a operar para corregir el problema; pero si no tenían éxito, quedaría cuadriplégica. Si no me operaban, me podía venir una embolia que me podría dejar en coma o matarme.

En abril de 1977 preferí la cirugía porque no estaba preparada a perder la batalla sin darle una buena pelea. Afortunadamente, la cirugía solamente tuvo efectos menores en mi cuerpo. Mi cirujano evitó la cuadriplegia pero no eliminó completamente la malformación peligrosa y me tuvieron que hacer una segunda operación para eliminarla completamente.

En septiembre de 1977, a tres meses de rehabilitación, partí a la universidad para completar mi sueño de estudiar medicina donde, al final del primer semestre, mi neurocirujano sugirió que cambiase de carrera. Me dijo que era muy probable que no pudiese practicarla y me cambié para sicología donde completé mis estudios en 1983.
 
Tenía 30 años en 1989 cuando decidí hacerme la segunda cirugía importante. Mi cirujano advirtió que solamente tenía un uno por ciento de posibilidades de sobrevivirla. Deseaba vivir y tomé el riesgo. Días después de ella me di cuenta que estaba en cuidados intensivos y conectada a un ventilador y a otro equipo médico. Esperaba cualquier cosa, menos el ventilador. Se me hizo difícil aceptar que tenía que depender del ventilador para respirar. Mi voz estaba reducida a casi un murmullo y apenas podía comunicarme con las enfermeras.

Un mes después de mi operación me transfirieron a un centro de rehabilitaciones para reforzar mi sistema respiratorio para que pudiera respirar sin ventilador. Tras cinco meses de terapia respiratoria, física y ocupacional intensas pude respirar por mi cuenta.
 
Me mudé de vuelta a casa de mis padres porque solamente podía mover mi cabeza y mi madre tenía que alimentarme. Me deprimí mucho y pensaba si no habría sido mejor volverme loca.
 
Fue cuando descubrí el Centro de Vida Independiente donde aprendí la filosofía de vivir independientemente y hacer mis propias decisiones. Recordé la fuerza y la fe de mi abuela y a fines de 1983 decidí mudarme donde mi hermana, que vivía en una ciudad donde yo tuviera más opciones. En mayo de 1994 empecé a trabajar con el Centro de la Costa Central para la Vida Independiente, donde abogué por las personas con discapacidades.
 
La experiencia no ha sido fácil. Cuando estaba en terapia intensiva creía que hubiese sido mejor morir, pero mi fe y amor por la vida fueron más fuertes y gané la batalla. Me gusta el trabajo y participo intensamente en mi comunidad. Trabajo para hacer que la gente con discapacidades participe en sus comunidades.
 
Tengo una vida buena y familia y gente que me quiere y respeta mis decisiones. He hecho muchas decisiones y errores, pero he aprendido que cuando las hago, buenas o malas, son mis decisiones. Creo que he logrado la cima de mi vida, soy independiente.