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Nuestra Alicia También
Atravesó un Espejo



por Aura Hernández

Los objetos más valiosos que Alicia Martínez traía en sus valijas eran sus sueños y esperanzas por vivir decentemente. Esta chica mexicana llegó a California en 1990 para trabajar en las faenas del campo. Sembrar la tierra y recoger los frutos de cada cosecha le proporcionó pocos lujos y un gran afán por cultivarse así misma. La inquieta muchacha comenzó a asistir a clases de inglés en una iglesia local. Sin embargo, le resultaba complicado aprender gramática contemporánea en libros sagrados escritos en un lenguaje arcaico. Pero no se desanimó, antes por el contrario, comenzó a tratar de memorizar algunos vocablos que aunque poco le servían para resolver sus problemas diarios, le ayudaban, no obstante, a familiarizarse con ciertas palabras y sonidos.

Después de un par de años la joven se enamoró de quien creyó el príncipe de sus sueños. Rápida y dolorosamente se dio cuenta que se había casado con el rey de los déspotas, motivo por lo cual se alojó por un tiempo en una institución para mujeres abusadas. Allí aprendió diferentes oficios tales como costura, mecanografía, etc. y le ayudaron a conseguir trabajo de obrera en la construcción de casas rodantes.

Alicia trabajaba con ahínco pero pensaba con preocupación que su energía no sería eterna, le fallaría con el correr de los años. Seguía estudiando inglés en un centro comunitario. Alicia, sacaba cuentas y se propuso memorizar tres oraciones o palabras cada día. Opinaba, no sin razón, que el dominio del idioma ayuda a mejorar las condiciones de vida. El resultado fue aritmético, en poco tiempo la ascendieron en su trabajo a asistente del gerente. Era intermediaria-intérprete entre el resto de los obreros latinos y los patrones de la empresa. Sin embargo, para esta joven, los deseos de superarse nunca cesaron. Deseaba estudiar en la universidad. Alicia comenzó un curso para hacer su preparatoria o GED. Examen que, para su propia sorpresa, aprobó en corto tiempo.

Al cabo de ocho años llegó a la posición de gerente en la empresa de casas rodantes. Un día una obrera no fue a trabajar. Alicia se armó de sus viejos overoles, sus gastadas botas, casco y brochas; se montó en un andamio para pintar el techo que estaba sin terminar. Desafortunadamente se enredó y cayó estrepitosamente.

Alicia pasó varias semanas en el hospital en cuidados intensivos. Fractura de cráneo y caderas fue parte del resultado de la maniobra. La mitad de su cuerpo, incluyendo su rostro, quedó paralizado. Con el apoyo de su familia, un sin fin de terapias y mucho tesón, logró caminar y movilizarse casi perfectamente. Pero, la secuela más penosa de este accidente ha sido los ataques de epilepsia que ahora sufre esporádicamente. Alicia obtuvo todos los beneficios de lo que se denomina el seguro del trabajador. Sin embargo, por alguna razón que siempre desconoció, no pudo obtener los beneficios del Seguro Social Federal.

Luego se mudó a Oklahoma con su familia. Por mucho tiempo no sabía que hacer, buscaba trabajo sin ganas de encontrar. Enfrentar su nueva situación le resultaba difícil, temía que un ataque epiléptico podía sorprenderla en cualquier momento y esto le producía profundo pesar y vergüenza. Pensaba que de ocurrir en un lugar de trabajo le entregaría inmediatamente una carta de despido.

Epilepsia en griego significa que un acto o acción que ocurre súbitamente. La epilepsia es un cambio breve y repentino en el funcionamiento del cerebro. En un ataque epiléptico se produce una alteración de la conciencia tanto como en los movimientos del cuerpo. La persona afectada no tiene control de lo que le sucede.

Durante un ataque epiléptico puede sobrevenir desmayo, incontinencia, fatiga excesiva, emisión de sonidos raros, percepción distorsionada, inexplicables sentimientos de temor. Aunque la epilepsia no se puede controlar, existen fármacos, dietas y sicoterapias que ayudan al paciente a entender y aminorar situaciones riesgosas.

El consejo de la madre de Alicia siempre fue ajustarse a los preceptos de la "maestra paciencia". Finalmente, nuestra Alicia, al igual que la valiente chiquita del cuento de Lewis Carroll, atravesó metafóricamente el espejo de sus limitaciones, enfrentó los vampiros de su propio miedo y comenzó a trabajar con un familiar que poseía una tienda. Las ganancias eran más simbólicas que reales y el negocio pronto cerraría sus puertas.

Un día Alicia fue a su consulta médica, supo por la misma doctora que no había secretaria en la clinica. Entonces, se ofreció de voluntaria. Fue tanto el afecto y esfuerzo en hacer todo bien que la doctora la contrató.

El año pasado Alicia compró una casa cerca de donde trabaja. La doctora y ella han tomado todas las precauciones en el caso de que tenga un ataque de epilepsia. La mayoría de los pacientes que van a esta clínica son hispanos que tienen muchos problemas; así es que Alicia, quien además tiene una gran vocación de servicio por la comunidad, ayuda y orienta a quienes lo necesiten. Por otra parte, ya se inscribió para comenzar el próximo semestre los cursos de la carrera de Trabajadora Social que siempre quiso estudiar.