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Si la respuesta es afirmativa

 

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por Vicky Chen, Berkeley, CA


La hermana de Vicky, Alice, también presenta su experiencia de discapacidad en Taiwan en este boletín.


Vicky Chen en una motocicleta
Vicky en Taiwan


Cuando a comienzos de la primavera de 2011 recibí el correo electrónico de aceptación para la pasantía en el programa Taiwán Tech Trek (TTT), me asombré y asusté un poco. En el año anterior, un amigo me había contado sobre este programa para estudiantes con un padre taiwanés. En esos momentos me pregunté, “¿por qué no solicitar ingreso?”, pero nunca se me cruzó por la mente lo que yo haría si me aceptaran, porque nunca pensé que lo harían.

Así fue que cuando me dijeron que debía decidir en el plazo de la semana si aceptaba el ofrecimiento de pasar mi verano en Taiwán trabajando en un museo de ciencia y tecnología, me entró el pánico. Pensé “Otra vez me metí de cabeza en algo sin considerar las implicaciones”. Eso había sido exactamente lo que había pasado tres veranos atrás cuando me comprometí con un estudio en el extranjero, en Taiwán, y me pasé más de un mes atrapada en una ansiedad que daba dolores de cabeza y en negociaciones con un programa y una universidad que nunca anteriormente había tenido una participante legalmente ciega y que no sabía cómo actuar conmigo.

Al mismo tiempo que me acordaba de estas dificultades, sabía que si no hacía esta pasantía, me arrepentiría por el resto de mis días. Me pregunté “Si no tuviera una discapacidad, ¿iría?”

La respuesta era afirmativa.

No podría contar la cantidad de correos electrónicos que mandé a la institución tras aceptar la carta de aceptación. Comencé con una de mis presentaciones acostumbradas para los correos electrónicos: “Hola, soy una estudiante discapacitada”, y luego  procedí a mandar mensajes cada vez más profundamente detallados  sobre mis condiciones, preocupaciones y confirmaciones. Irónicamente, no me preguntaban sobre estas cosas. En realidad, todas sus respuestas se podrían resumir como “No se preocupe, nos sentiremos felices de tenerla con nosotros”.

No podía creer que ellos realmente entendían lo que les quería decir, especialmente porque les estaba escribiendo en inglés y ellos respondían en chino. Pero a fin de cuentas, debía dejar mi nerviosismo. Sabía que había hecho todo lo posible para prepararme, había revisado la poca información del programa de pasantía que me habían entregado y eso era todo. Para el final de junio, estaría de regreso en Taiwán por primera vez en tres años.

La verdad es que no debía estar nerviosa. Me asombraba lo lejos que Taiwán había llegado en cuanto a las adaptaciones hacia las discapacidades en estos años recientes. No solamente mis compañeros estaban ansiosos y felices de ayudarme a entender cómo podía pasar a ser parte de su equipo y contribuir a sus programas, sino que la realidad era que ya había otras personas con discapacidad en el personal del museo. También me impresionó el servicio en el tren de alta velocidad. Cuando una trabajadora se dio cuenta de mi bastón blanco y llegó a ayudarme, me ofreció su codo en vez de agarrarme por el codo para guiarme en la dirección correcta. Pensé “Vaya, un montón de gente no tiene idea de cómo guiar a una persona ciega de esta forma”.

Mi función en el museo era el de trabajar con otros colegas pasantes taiwaneses para ayudar a preparar y dirigir actividades académicas para niños. En mis primeras dos semanas en el trabajo, ayudé a mi supervisora con su investigación de cómo aprenden los niños cuando participan en su campamento de verano para hacer robots de bloques Lego. Mientras los otros pasantes ayudaban a los niños a construir sus robots, mi supervisora y yo recolectamos información y entrevistas con los niños tratando así de entender las partes de la actividad que a ellos les gustaban o disgustaban.

Las reuniones vespertinas del equipo nos permitían repasar lo que funcionaba bien, cualquier problema con el que nos encontrásemos y lo que podíamos mejorar. Al terminar el campamento Lego, comenzamos a preparar actividades académicas para la exposición sobre el océano y los barcos que se haría en el puerto de la ciudad a fines del verano. Nuestro horario varió enormemente – a veces estábamos horriblemente ocupados y otras veces teníamos vacíos porque todos estaban cansadísimos. Los días que teníamos trabajo y los días de descanso se fijaban según el calendario de los programas veraniegos del museo. Esto significaba que a veces nos tocaban tres o cinco días seguidos de descanso, pero teníamos que trabajar sin descanso por los próximos catorce. Me resultó agotador porque yo estaba acostumbrada a trabajar cinco días por semana, pero la experiencia que lo acompañaba y la gente con la que trabajé lo hizo valer la pena.

Para mí, uno de los aspectos negativos más grandes de tener una discapacidad es que las decisiones de no hacer algo se hacen más fáciles, especialmente cuando estoy en otro país. Se hace tan fácil el hacer solamente lo que se me pide en vez de esforzarme a hacer más. Técnicamente, no hay nada de malo en esto; pero si me hubiese limitado a lo que me pedía el programa de pasantía, no habría experimentado algunas de las más memorables experiencias que la vida en otro país puede ofrecer. La última vez que fui al extranjero, llegué a Estados Unidos sintiendo que lo había pasado bien y aprendido mucho, pero que no había obtenido tanto como lo que otros estudiantes obtuvieron. Ellos habían definitivamente salido y explorado y aprendido lo que realmente significa vivir en Taiwán. En esta oportunidad, me prometí a mí misma que no me limitaría a las exigencias del programa.

Por lo tanto, salí a comer con mi supervisora a pesar que estaba oscuro y que generalmente no me gusta salir de noche. Me uní a mis compañeros en el caraoke a pesar de no saber las canciones y no poder leer las letras en la pantalla. Gusté la sopa caliente asiática con sabor a queso, a pesar de lo feo que parecía y que resultó ser. Anduve a medianoche en la motocicleta de una de mis compañeras de trabajo bajo la lluvia intensa, quedando tan empapada que sentía el agua haciendo piscinas y chapoteando en mis zapatos.

En su conjunto, a pesar de un ataque inesperado de alergia y que los mosquitos me picaron hasta el cansancio, sin duda se trata de un verano para recordar. Hice cosas que nunca creí que haría y conocí a gente increíble. Me da tristeza saber que probablemente nunca andaré en moto nuevamente, pero antes de hacerlo no sabía que tendría la oportunidad de hacerlo. Y, como tantas nuevas experiencias que traje a casa, resultó asustadizo en un comienzo, luego fue divertido y a pesar de que ya terminó, me cambió para siempre la manera que tengo de ver el mundo.

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