Pasantías y una mano que ayuda
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por Alice Chen, Berkeley, CA
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La primera vez que me enteré del Programa de Pasantías ARRA en la Universidad de California, Berkeley fue al visitar a mi consejero del Programa de Estudiantes con Discapacidad (DSP por sus siglas en inglés). En realidad, había ido a preguntarle sobre las opciones de estudios de posgrado que existen y a pedir información más detallada sobre el examen GRE, pero de alguna manera la conversación nos llevó a lo de las pasantías y me preguntó si estaba participando en el programa ARRA. Confundida, le dije que no sabía de qué me hablaba. De ahí me dio algunos documentos y me explicó que ARRA es un programa especialmente diseñado para ayudar a estudiantes con discapacidades a encontrar pasantías que no solamente podían realizar, sino en las que estaban interesados.
Pues bien, si usted ha tratado de buscar pasantías sin ayuda, estoy segura que usted ya sabe que puede ser difícil y, por lo común, descorazonante. Al tener una concentración de cursos en las artes liberales, no cabe duda que generalmente me encuentro con pasantías para estudiantes de ciencias y hubo ocasiones en que me desesperaba por encontrar alguna pasantía donde pudiese satisfacer sus requisitos. Mi otro problema era que no tenía idea sobre qué tipo de trabajo me gustaría hacer. Al crecer, los únicos trabajos de los que escuchaba eran los de doctor, abogado o ingeniero; lo que implicaba que si bien sabía que debía haber miles de otros trabajos, no tenía idea qué involucraban. Mis padres no sabían mucho más que yo porque ambos son científicos. Aún más, tenía miedo por el hecho de que por mi vista (o la falta de ella) no sabía si podría hacer trabajos comunes como mesero a pesar que quisiera hacerlo. Me decía que lo que realmente necesitaba era salir a tratar de hacer algo –sentir de lo se trataba el trabajo, saber más sobre los tipos de trabajo disponibles en el mundo real y ojalá encontrar algo más apropiado a mis capacidades y gustos. En cuanto a estos objetivos, el programa de pasantías ARRA parecía perfecto.
Teniendo esto en mente, hice cita con el coordinador del programa ARRA en mi Universidad. Positivamente sorprendida, encontré que era sumamente fácil conversar con él. Obviamente sabía lo que hacía y solamente aquello era muy reconfortante. Analizamos mi hoja de vida y me preguntó sobre mis intereses. Como me gustan los idiomas y hablo mandarín, me preguntó si me gustaría hacer traducciones. Otra posibilidad era la de crear materiales educativos para un hospital. A fin de cuentas, alguien tiene que organizar la información para que los pacientes puedan entender los procedimientos o condiciones sin ser expertos médicos... y escribir es algo que yo sé hacer bien. En aquella hora escuché de más trabajos de los que yo sabía existían y de los que podría haber querido. Me fui de la oficina de ARRA sintiéndome mucho más optimista de conseguir una pasantía y dándome cuenta que las destrezas de un estudiante humanista también tienen un lugar en empresas de orientación científica y tecnológica.
Pocos días después completé algunos documentos para el programa ARRA y, mientras esperaba respuestas, me enfrasqué en la búsqueda de pasantías por mi cuenta. No deseaba confiarme demasiado en el programa porque aunque había oído de personas a las que le caían oportunidades excepcionales en sus manos, no deseaba poner todas mis esperanzas en tal tipo de suerte. Tras aquella, hubo muchas llamadas de teléfono entre el coordinador y yo donde me sugería de más posibilidades y me preguntaba de mis opiniones sobre aquellas. Ya había decidido con anterioridad que probaría cualquier cosa y se lo dejé saber. Quería experimentar de la “vida que existe allá afuera”, fuese lo que fuera y, quién sabe, puede ser que descubriera amor por algo que ni siquiera sabía que existía. Si en cambio descubría un tipo de trabajo que no me gusta, aquello acortaría mi lista y sabría que en el futuro se debería buscar algo diferente. En cualquier caso, saldría beneficiada. Como el programa ARRA tomó mis intereses generales en cuenta al buscar pasantías posibles, todo lo que sugirieron sonaba como una gran idea. Hasta los que no sonaban tan bien parecían ser buenas experiencias que se deberían tomar. El hacer algo era mejor que no hacer nada.
Los exámenes finales estaban a la vuelta de la esquina cuando el coordinador del programa me informó que había algunas personas a las que les gustaría entrevistarme. Me dijo que una de esas entrevistas sería por teléfono. No habiendo tenido mucha experiencia con entrevistas, esta sería la primera que yo habría hecho por teléfono. Estaba algo nerviosa y pasé algún tiempo practicando las preguntas la gente pregunta más comúnmente en entrevistas; como por ejemplo “¿Por qué está interesado en la pasantía?” y tratando de encontrar respuestas más coherentes. En el día de la entrevista me pasé como pegada al reloj porque yo era la responsable de llamar a mi entrevistador y quería asegurarme de no tardar en la llamada. Extrañamente, estuve mucho menos nerviosa tras haber comenzado la entrevista. Creo que para aquel entonces ya me había dado cuenta que el estar nerviosa no me haría ningún bien y que, realmente, todo lo que podía hacer era contestar las preguntas honestamente y dejar que todo siguiera su curso normal. Si estaban interesados en mí, todo resultaría bien; y si no, seguiría buscando. Lo mejor que podía hacer por mí misma –lo que realmente todos pueden hacer por sí mismos- era intentar. Lo hice y, afortunadamente para mí, debo haber dejado una buena impresión porque una semana después me hicieron una oferta.
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