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En junio recién pasado hubo una feria de trabajo en el Navy Pier de Chicago. Hubo representantes de 30 empresas y organizaciones que estrechaban manos y aceptaban hojas de vida. El acontecimiento de cuatro horas, que atrajo a contratistas de todo Chicago, se publicitó en televisión y radio desde por lo menos seis semanas antes de la actividad. Como resultado, el salón del festival estaba lleno de gentes de todas las edades, antecedentes y experiencias. Literalmente parecía que todos y de todos los aspectos de la vida estaban allí... todos excepto los latinos con discapacidades.
Fui a la feria no solamente con intenciones de buscar trabajo para mí, sino para entrevistar a los concurrentes que daba la casualidad que usaban sillas de ruedas, muletas, andadores, motonetas o cualquier otro instrumento o característica que pudiera identificarles como representantes de la llamada "comunidad con discapacidades". Desafortunadamente, no encontré a nadie que se ajustara a esta descripción.
Mi sentido de soledad pareció demasiado incomprensible para aceptarlo. Pudiera haber entendido si, por ejemplo, el local de la feria de trabajo era físicamente inaccesible, si había un coste de entrada o si en los avisos de promoción se hubiera expresado explícitamente que solamente las personas sin discapacidades físicas podían ir. Esas hubiesen sido razones legítimas para que nadie con discapacidades visibles se presentara, aún a pesar que la situación postrera no fuera muy posible. Las barreras idiomáticas y los niveles de educación tampoco habrían sido excusas apropiadas para no asistir a esta feria especial.
Hace como un año atrás fui al Navy Pier a otra feria de trabajo. Esta feria de trabajo estaba dedicada especialmente a la gente con discapacidades y había disponibles un total de veinte reclutadores. De esos veinte solamente nueve eran de Chicago y, de esos nueve, los únicos tipos de trabajo disponibles eran de recepcionistas a tiempo parcial y de servicios vocacionales en capacitación. El resto de los reclutadores deseaba que los contratados se mudaran a otros estados y la mayoría de los trabajos eran en el área de información y tecnología.
Pocos trabajos en las ferias de trabajos
La mayoría de los asistentes se quejó de que no había suficientes trabajos a los que presentarse en la ciudad. Por cierto, en cada feria de trabajo "dedicadas a la discapacidad" a las que he ido en los cuatro años pasados ha dado los mismos resultados, la falta de una variedad de oportunidades vocacionales apropiadas y cercanas.
Lo posible es que las experiencias pasadas hayan descorazonado a los latinos con discapacidades en cuanto a la efectividad y utilidad de las ferias de trabajo. A pesar de ello, esta feria en especial debería haber sido diferente. Había trabajo en abundancia. Los empresarios no esperaban solamente hablarle a los "con discapacidades", esperaban hablar con los "con calificaciones", con o sin discapacidades.
Creo que la falta de reclutadores en las ferias de trabajo "dedicadas a la discapacidad" tiene que ver en parte con la palabra "discapacidad" y con todo lo negativo asociado a ella. Las percepciones que tiene la gente de la discapacidad son negativas. En su mayor parte, los empresarios tienen miedo de contratar a quien tiene discapacidades por una variedad de razones y, la ley de estadounidenses con discapacidades (ADA) se ha, en muchos casos, solamente agregado a sus temores. Pasa porque ahora tienen miedo que se les enjuicie o porque tienen que pagar adaptaciones costosas. Obviamente, ninguna de las preocupaciones debería transformarse en realidad si no hay razones legítimas. En todo caso, dadas las circunstancias, se puede entender por qué los contratistas podrían dudar de su participación en una feria de trabajo "dedicada a la discapacidad".
Exposición y representación
La mejor forma de cambiar lo que la gente piensa de la discapacidad es la de presentarle a alguien que las tenga o, mejor, más de una persona con discapacidades. Y aquí, mis queridos latinos, es donde entramos nosotras.
No hay consejeros vocacionales, entrenadores o especialistas laborales que nos representen de la forma que nosotras lo hacemos. Lo más importante es que no hay ley que nos proteja lo suficiente si no podemos comprobar que estamos a nivel de aquellas.
Hermanitos, debemos recordar que la vida es como una silla de ruedas: si queremos llegar a algún lado, tenemos que seguir empujando sin que importe lo áspero o inclinado del camino para llegar al éxito.
Debemos mostrar nuestras caras. No nos debemos asustar de mostrar nuestros talentos y de promovernos. Más que nada, no debemos descorazonarnos o dejar que nos vean apocados. Debemos ir a todos y cada uno de los acontecimientos que presenten una oportunidad de trabajo. El apersonarnos demostrará que somos miembros productivos de la sociedad y que no desapareceremos.
A fin de cuentas, la personalidad y la perseverancia triunfará sobre toda forma de prejuicio.
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