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Pensando en el suicidio tras sufrir lesiones: la muerte no fue opción para mí

por Javier Robles, Trenton, NJ

foto de Javier Robles en su oficina
Javier Robles en su oficina


Quería morir. Mi familia y amigos me llovían con palabras de consuelo. Me preguntaban "¿Te sientes bien? ¡Ya caminarás de nuevo si crees en dios! ¿Crees en dios?" Yo tenía 16 años y no era tan buen católico. Aún así, era "normal" antes de la lesión a la espina dorsal que me dejó cuadraplégico.

Venía de una familia pobre, pero teníamos tanto. Cada uno tenía buena salud y a pesar de hallarme en medio de un divorcio, hacía ejercicios diariamente. Tenía relaciones sexuales y siempre quise tener familia. También quería ingresar a la fuerza aérea y aprender a ser piloto. Nunca quise morir. La idea nunca se cruzó por mi cabeza hasta que desperté de un coma inducida por un accidente.

El 13 de abril de 1983, iba trotando a un parque local y me subí a un árbol por jugar. La rama en que estaba se quebró y caí duramente sobre mi cuello. Se me separó la espina dorsal en el nivel C-5. Fue cuando mi vida cambió por completo. Mi madre y padre estaban allí cuando el neurocirujano dijo "Nunca caminará de nuevo". Me salieron lágrimas y mis padres trataron de demostrar fuerza para después comenzar a llorar. Fue la primera vez que vi llorar a mi padre.

Reacción espontánea

El dolor nos rodeaba y sofocaba. Nunca podría volver a la playa, tener hijos, pilotear aviones ni encontrar una mujer que me amase. Me sentía muerto al interior. Mi alma y mi ambición estaban atrapadas en un cuerpo incapaz de satisfacer mis necesidades. Durante ese primer año no había nada que alguien me pudiese decir para que me sintiera diferente. Pretendía tener fortaleza mientras mis visiones de ruina me torturaban constantemente. Pensé tirarme de un puente con mi silla de ruedas o atravesar rápido frente al tráfico. Quizás pudiese convencer a algún amigo a que me ayudara a terminar con mi vida. El primer año después de mi accidente casi llegó a ser el último de mi vida.

Decidir morirse es fácil. Por lo general es una de las primeras respuestas en un mundo donde se aprecia la belleza y fuerza por apariencias físicas. Durante la rehabilitación, tanto los otros pacientes y yo pensábamos quién de nosotros sería el primero en acabar con su vida.

Ya han pasado 22 años desde mi accidente. Muchos de los que pasaron por la rehabilitación conmigo nunca se suicidaron, pero ya algunos estaban muertos. Algunos nunca aceptaron quienes serían y solamente se recordaban de los tiempos mejores, épocas en que eran grandes amantes o buenos atletas. La muerte les llegó en cámara lenta. Otros, como yo, prefirieron vivir. La vida como cuadraplégico nunca ha sido fácil, pero siempre ha sido recompensante.

Piedad y vergüenza

Conozco la tendencia de la cultura latina a sentir lástima y vergüenza hacia las personas con discapacidades. Las miradas que a veces me dan parece que me fueran a partir. Cuando me cruzo con gente, sus miradas van llenas de lástima hacia mi cuerpo lisiado o de vergüenza por haberme visto ese día. Me siento feliz de que cada día haya vida en mi cuerpo. He luchado firmemente desde mi accidente para hacer pequeños cambios alrededor de mí y hacer que las vidas de los otros sean mejores.

Con suerte de estar vivo

Tuve suerte de encontrar a mis esposa Amy, que nunca ha hecho énfasis en mis incapacidades de no poder hacer algo. Me gradué de la universidad y de la escuela de leyes y al tiempo compré una casa. Lo más importante para mí es despertarme cada día con los sonidos de mis dos niños, Maya, de siete años y Jesús, de 16. Además, mi trabajo como director asistente de una agencia estatal que apoya a 21 mil personas con discapacidades al mes, me ha dado la bendición de ayudar a muchos que no tienen esperanzas.

Para mí, la muerte no es una opción. Tampoco lo es para nadie que tenga discapacidades. La discapacidad no es un crimen que merezca la muerte. Si se da la oportunidad, las personas con discapacidades pueden contribuir en todos los aspectos a construir una sociedad mejor. La muerte me alcanzará algún día como lo hace con todos, pero no impuesta por los tribunales o por ideas de una "sociedad perfecta". No soy un alarmista sino un esposo, padre, trabajador, dirigente y un ser sexuado. Soy todo lo que alguna vez me repitiera que no podría ser. Si usted cree que la muerte es su opción, es porque no ha considerado todas sus posibilidades.

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